Hace unos días abrí un baúl que había estado oculto muchísimo tiempo. Entre pelusas y polvo encontré grandes tesoros... viejos recuerdos que se habían conservado como si hubiesen sido depositados allí ayer.
Había pinturas, una hucha de lata con su correspondiente candado, un reproductor musical roto, monedas antiguas, libros, cuadernos con cuentas y libretas en blanco, alguna que otra joya, revistas, un puff hinchable pinchado, un espejo, un peine, carteras y monederos, cartas, postales, fotos, dibujos, etc y sobretodo diarios. Diarios escritos con distintas letras pero con el mismo sentimiento y temática: la aventura de vivir.
Mientras rebuscaba en mi pasado, recordé que, desde pequeña, viví en un mundo hostil y extraño. A menudo estaba triste y me sentía desgraciada. Vivía pensando que algún día, cuando creciese y fuese dueña de mi vida, todo sería diferente. En un gran número de ocasiones ése era mi consuelo.
No jugaba con muñecas. Ser madre me parecía ridículo en aquel tiempo y ahora me parece cruel. En el fondo no somos tan diferentes.
Cuando iba al trabajo de mi madre, cogía cajas y con ellas me hacía una casa. Imaginaba que tenía una hermana pequeña (mi almohada) y vivíamos solas en la calle. No pasábamos hambre, pero sí frío. Yo tapaba con una manta a mi almohada aunque tuviese que quedarme yo destapada. Éramos pobres. A mi me parecía normal jugar a ese juego. Es más, me gustaba. Creo que seguramente a ningún niño normal se le ocurriría dedicar su tiempo a soñar con la miseria. Hasta hoy no me había dado cuenta de lo triste que es recordar que ni siquiera era capaz de pensar que en mi cabeza todo podía ser perfecto. Que en los juegos todo estaba permitido. La imaginación era más poderosa que la realidad.
Duna era una niña habladora pero tímida y escurridiza, con una imaginación y energía desbordante.
Quizá en otro tiempo, lugar y circunstancia, mis potenciales se hubieran desarrollado exponencialmente, pero es demasiado tarde para empezar. Viéndolo desde otra perspectiva, tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, la naranja exprimida y la entera acaban arrugándose con el tiempo... es decir, aquellos niños y yo acabaremos en el mismo lugar.
Había pinturas, una hucha de lata con su correspondiente candado, un reproductor musical roto, monedas antiguas, libros, cuadernos con cuentas y libretas en blanco, alguna que otra joya, revistas, un puff hinchable pinchado, un espejo, un peine, carteras y monederos, cartas, postales, fotos, dibujos, etc y sobretodo diarios. Diarios escritos con distintas letras pero con el mismo sentimiento y temática: la aventura de vivir.
Mientras rebuscaba en mi pasado, recordé que, desde pequeña, viví en un mundo hostil y extraño. A menudo estaba triste y me sentía desgraciada. Vivía pensando que algún día, cuando creciese y fuese dueña de mi vida, todo sería diferente. En un gran número de ocasiones ése era mi consuelo.
No jugaba con muñecas. Ser madre me parecía ridículo en aquel tiempo y ahora me parece cruel. En el fondo no somos tan diferentes.
Cuando iba al trabajo de mi madre, cogía cajas y con ellas me hacía una casa. Imaginaba que tenía una hermana pequeña (mi almohada) y vivíamos solas en la calle. No pasábamos hambre, pero sí frío. Yo tapaba con una manta a mi almohada aunque tuviese que quedarme yo destapada. Éramos pobres. A mi me parecía normal jugar a ese juego. Es más, me gustaba. Creo que seguramente a ningún niño normal se le ocurriría dedicar su tiempo a soñar con la miseria. Hasta hoy no me había dado cuenta de lo triste que es recordar que ni siquiera era capaz de pensar que en mi cabeza todo podía ser perfecto. Que en los juegos todo estaba permitido. La imaginación era más poderosa que la realidad.
Duna era una niña habladora pero tímida y escurridiza, con una imaginación y energía desbordante.
Quizá en otro tiempo, lugar y circunstancia, mis potenciales se hubieran desarrollado exponencialmente, pero es demasiado tarde para empezar. Viéndolo desde otra perspectiva, tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, la naranja exprimida y la entera acaban arrugándose con el tiempo... es decir, aquellos niños y yo acabaremos en el mismo lugar.

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