viernes, 18 de marzo de 2011

Ana



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Antesdeanoche asistí a mi propio velatorio, pero no tuve el valor de acercarme al cristal que separaba mi cuerpo vivo de mi cuerpo presente.
Creo que en pocos sueños he llorado tanto como entonces. Fue duro. Me volví loca. Claro que el sueño no era para menos.

Estaba viva e indolora, pero me dieron la noticia de que tenía cáncer (o sea que daba por suspuesto que me encontraba mal) y, por si fuera poco, iba a un velatorio y el difunto era YO. Típico sueño inconexo del que cualquiera querría despertar y no puede. Pero llegó mi madre y con su alarido se acabó mi sufrimiento.
Con los ojos abiertos me puse a pensar...

Ana se está muriendo. Y lo sabe. Y lo entiende. Y lo asume. Y se reprocha no haberse dado cuenta antes de que algo no iba bien. Pero creo que todos pensamos que ella no es la culpable. La culpable es la circunstancia, que se ha presentado así y punto final.

Yo me pregunto ¿por qué? ¿Por qué con 28 años su vida se vio truncada? Tenía todo y de repente NADA. Nada de salud, claro. No lo entiendo ni yo, así que imagínate ella y los que tiene al lado.
Es taaaan injusto. A veces pienso que no es verdad y ojalá todo fuese un cuento. Ojalá todo fuese como mi sueño: una pesadilla de la que Ana pudiera despertar... pero esto solo tendrá un final: el descanso eterno. Un país llamado Nunca Jamás Volverás.

En estos momentos me acuerdo de todo lo que me prometieron que habría si yo me portaba bien. Los buenos van al cielo. Sí, pero algunos -como Ana- pagan con creces su estancia divina viviendo en un infierno terrenal.

No me afecta directamente y sin embargo lloro de impotencia o de rabia. Ana se merecía mucho más y mucho menos de lo que ha tenido.



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