sábado, 2 de julio de 2011

petit plaisir

Cuando se fue no entendí muy bien por qué.
No había necesidad.
Pero para ella sí.


Tenía la necesidad de romper con la rutina, de conocer. Y se lanzó a la aventura con el propósito de aprender un idioma que había sido una maldita losa a lo largo de su vida estudiantil.
La propia supervivencia le obligó a comunicarse, aunque al principio prefiriese no participar en la vida social. Tanto fue así que, pese al afán de protagonismo que desde siempre le había caracterizado, los guiris llegaron a considerarla "tímida".
Pero no solo habló y encontró un trabajo. También cambió su escala de valores, su percepción acerca de la existencia humana y, en consecuencia, su modus operandi.
Empezó a pensar que lo importante en esta vida era ser feliz... incluso si en ocasiones los demás tachaban de egoísta su actitud. Que los demás compartiesen o no sus ideas ya no tenía tanta importancia.

Cierto día, ya en nuestro país, me habló de la educación tradicional que había recibido desde su infancia. Según ella se basaba en un esquema de vida según el cual la felicidad se resumía en la siguiente frase:

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor
(lo de dar gracias a Dios o no era opcional)



Sin embargo a su vuelta se había dejado en el camino dos cosas: la salud y el dinero. ¿El motivo? Lo único verdaderamente importante era el amor. Porque el amor es "la chispa de la vida".

Pero... al igual que la salud, el amor no se compra con dinero.
Buscarlo no implica que vayas a encontrarlo y que lo tengas no quiere decir que no pueda irse por donde vino.
Entonces... no merece la pena esperar, porque entretanto la vida sigue, la salud mengua y el dinero... se evapora.


Mi razonamiento me ha hecho deducir que la felicidad como tal no existe. No la da nada ni nadie. Es algo abstracto, algo así como átomos de un segundo que se encuentran de forma inesperada en pequeños e inesperados placeres cotidianos.
Ayer, mi trabajo me hizo fugazmente feliz. Triste, ¿verdad?


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