lunes, 7 de mayo de 2012

En tiempos de crisis...

En tiempos de crisis, ahorremos lágrimas.
¿Por qué? Por si algún día las necesitamos más que hoy.




Me sentó fatal, pero la semana pasada lloré. Y fue por algo que no merecía la pena: un pasado que nunca volverá. 
Nunca volveré a ser la persona que fui, nunca volveré a tener las oportunidades que me brindaron, nunca recuperaré el tiempo perdido... pero siempre hay que mantener un ápice de esperanza: la esperanza de que un día algo sea mejor.


Siendo objetivo he de reconocer que mi presente es "mejor" que mi pasado. Quizá porque he dejado de pensar que la felicidad es un estado perenne, que es la perfección elevada a la máxima potencia y que realmente hay personas que la poseen.
Yo no soy feliz, pero hoy me siento satisfecho. Satisfecho porque sé que lo que tengo me lo he ganado, tanto lo bueno como lo malo, y que en el fondo de mi corazón hay buenos sentimientos, aunque a veces la envidia, el miedo y mi sentido de la justicia me hagan demostrar lo contrario.


Me considero una persona bastante afortunada. Tengo salud y un trabajo que no me gusta, ni me llena, ni me enriquece económicamente, pero que ocupa mi tiempo y a veces me hace sentir útil para un sector bastante amplio de la sociedad. Y tengo una familia imperfecta que me acepta pese al daño que le he podido ocasionar. Teniendo eso ¿por qué me debo quejar? Me debo quejar y me quejo porque el inconformismo y el vacío existencial son sentimientos humanos. Porque...


Cuanto más tienes, más quieres. 
Lo que tienes no lo valoras. 
Lo que ganas no es lo que mereces.
Lo que pierdes lo echas de menos.


Y para colmo siempre habrá otros que...
Tienen lo que tú valoras.
Ganan lo que tú te mereces.
Pierden lo que tú echarías de menos.




Envidio a los que ven la vida con una resignación positiva. Es decir, que aceptan la realidad que les rodea sin sentirse víctimas de una injusticia contínua.
Envidio a los que no tienen envidia. Es decir, a los que se valoran justamente y no ven el infortunio en su vida gracias a las supuestas maravillosas vidas ajenas.
Envidio a los que se quieren y se cuidan y aún así aún les sobra para dar.
Envidio a los que ven la vida con optimismo, a los que creen que aún queda mucho por hacer.
Envidio a los que no se lamentan de su pasado, sino que lo entienden como parte de un continuo aprendizaje.
Envidio a los que no buscan la felicidad, sino que buscan el BIENESTAR: SU BIENESTAR y no el que creen que tienen los demás. 

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